dimecres, 16 d’abril de 2014

Reflexión



Enseñar qué
Rafael Rivera


No sé qué vamos a enseñar en las aulas, la verdad. Será difícil pedir al alumnado que apague el móvil en clase si están viendo cómo el presidente del Gobierno parlotea en su escaño con su aparatito mientras se debate en el Congreso la conveniencia o no de que Cataluña pueda convocar un referéndum, un tema que, por lo visto, no le interesaba demasiado. Ni con qué cara daremos clase de educación urbana si Esperanza Aguirre hace caso omiso a los agentes con la enorme coartada de «tengo prisa» que, como todo el mundo sabe, es un asunto de fuerza mayor. Tampoco sé de qué manera enseñar a conversar cuando en la tele, en vivo y en directo, en un programa que se supone de debate sano e ilustrativo, los contertulios se insultan, se burlan, denigran a una mujer y el moderador ha de expulsarles de clase sonrojado y pidiendo disculpas a una audiencia que hace rato ha cambiado de canal, supongo. Es difícil hablar de la solidaridad cuando se aprueban leyes que limitan la acción de los jueces a unas fronteras que creíamos desaparecidas. O de eficacia, cuando un representante político acumula cargos a diestro y siniestro (casi siempre a diestro) presumiendo de tener tiempo para todo como si su apreciación fuera la ley. Resulta complicado explicar la importancia de la verdad cuando los poderosos, milagrosamente, pierden la memoria delante del juez y recurren a trucos para evitar la mentira evidente. Y ya me dirán cómo intentar aclarar los entresijos de la economía si los bancos defraudan, los tribunales desahucian y el partido del gobierno tiene una caja B, por no llamarle dinero negro.

Y así una larga lista de ejemplos que desnudan a la educación, la dejan sin contenido y ponen en riesgo la capacidad de enseñar y de aprender. No solo nos están recortando los medios, los presupuestos, las cosas materiales, sino que nos recortan los discursos docentes, los argumentos, la capacidad de desarrollar el aprendizaje de la ética. Porque el alumnado nos mira con incredulidad y se pregunta, con razón, a quién han de creer, a las palabras del profesor o a las del telediario que empañan cualquier vestigio de moral.

Llegará un momento en el que tendrán que decidir. Y espero que hayamos sido útiles para que su decisión sea acertada.

Levante emv 16-42014

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