dilluns, 7 de juliol de 2014

Comentari

Los primeros frutos de Bolonia

José Albelda
Llevamos algunas promociones que han completado sus estudios de grado con el controvertido plan Bolonia, y ya es tiempo de valorar las primeras cosechas. En la práctica, se confirman los pronósticos que en su día nos llevaron a oponernos radicalmente al mismo, unidos alumnos y profesores en una lucha en defensa de la calidad y la independencia de la universidad frente a los intereses de políticos y empresas que sobre todo conciben los estudios superiores como una estricta habilitación profesional, a la medida de un mercado laboral cada vez más esquivo.

Por lo demás, el modelo boloñés ha encontrado en nuestro país su perfecto acomodo con un Gobierno neoliberal que ha terminado de dinamitar sus aspectos positivos. Ahí tenemos al inefable Wert intentando acabar con el Proyecto Erasmus, suprimiendo titulaciones, recortando los presupuestos a su mínima expresión, minimizando las becas de investigación, aumentando las tasas, impidiendo la promoción del profesorado, y dejando bien claro que no están por una enseñanza superior al alcance de todos.

Esta universidad que ahora se desmonta, creció estrechamente unida a la difícil recuperación de la democracia: apostaba por una educación inclusiva, que formase ciudadanos con cultura y criterios, complementando una sólida base de especialización que les permitiera ejercer una profesión una vez licenciados. El modelo que teníamos entendía la universidad como fuente de conocimiento y bien público; el que ahora nos imponen concibe la universidad como un servicio al mercado laboral más que a la sociedad en su conjunto, primando la empleabilidad y la competitividad, que no necesariamente la competencia. Una universidad que enseña en función de la demanda, minimizando la presencia de las humanidades por considerarlas escasamente útiles para sus fines pragmáticos. A la vez, impone un modelo de gestión de las universidades públicas con unos patrones de eficiencia y calidad que se miden precisamente con los mismos criterios del mercado. Una medida, por cierto, más cuantitativa que cualitativa, y más estadística que real.

Asistimos a una inevitable merma de la calidad de la enseñanza, a pesar del esfuerzo de alumnos y profesores. La reducción del tiempo de docencia en las titulaciones, junto a un modelo de asignaturas semestrales „cuatrimediomestrales en realidad, si restamos vacaciones, fiestas, etcétera„ ciertamente beneficioso para la movilidad internacional, dificultan, sin embargo, el adecuado aprovechamiento de las materias que necesitan del tiempo como aliado imprescindible. Aquéllas basadas en el progresivo desarrollo de las destrezas, con plazos irrenunciables para aposentar y personalizar los conocimientos y las técnicas. Todo ello potencia todavía más la fragmentación del conocimiento, y nos impide entrenar un pensamiento poliédrico y una mirada global, fundamentales para situarnos críticamente ante la complejidad que caracteriza a nuestro tiempo.

Pero da la sensación que este deterioro es pretendido. Que al alumno no le quepa la menor duda de que con un grado su formación va a ser insuficiente „algo que no ocurría con una licenciatura„ y que si quiere aprender aquello que podrá abrirle las puertas, no ya del incierto mercado laboral, sino del dominio de una profesión, tendrá que matricularse en uno o varios másteres, más caros que los estudios de grado, y cuyo precio aumenta proporcionalmente a la adecuación de su perfil a los posibles nichos laborales.

Eso sí, como en la universidad no podemos estar quejándonos siempre, regresa a nuestra jerga académica la famosa palabra «excelencia», que yo desterraría del vocabulario de la universidad pública hasta no disponer de lo necesario para enseñar dignamente. Como dijo el otro día un antiguo alumno y hoy político autonómico, «estamos gestionando la indigencia». Pero seamos conscientes de ello, no la maquillemos de manera que nos creamos que ya no podemos recuperar una universidad realmente pública, independiente y de calidad, cuya vocación vaya mucho más allá de la estricta obediencia a un mercado laboral cada vez más excluyente. Una universidad que se niegue a claudicar ante la imposición progresiva e implacable de un modelo de gestión „y de una ideología, al fin y al cabo„ que proviene de la empresa privada que, recordémoslo, no busca precisamente el bien común, sino el beneficio particular.

Levante emv 06 julio 2014

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